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4.8
Identidad y violencia
Artículo de José Gaxiola López, Miembro fundador de El Colegio de Sinaloa
Clasificación: Identidad y violencia Noticia promediada 4.8 stars  Consultas:  211
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IDENTIDAD Y VIOLENCIA

 

¿Somos animales? cuestión cuya respuesta no se atrevía a expresar abiertamente Charles Darwin –ni en su casa–, tal vez por respeto a la religión de su esposa. Tardó más de 20 años en manifestarla públicamente después de publicar el Origen de las especies (1871) es en El origen del hombre donde afirmó que habíamos evolucionado desde los animales. Al hablar de “la belicosidad de la naturaleza” contribuyó, sin querer, en la creencia de que el hombre es violento en virtud de su estado natural y de su herencia animal. Sus seguidores evolucionistas concluyeron que la evolución humana es por un lado, producto de la evolución biológica y, por otro, de su proceso de humanización y su evolución cultural.

Konrad Lorenz, creador de la etología (parte de la biología que estudia el comportamiento animal), descubrió que existe una relación entre el comportamiento cultural de los humanos y sus instintos que le permitieron supervivir en el proceso evolutivo. La humanidad ha tenido que sortear con: a) la pulsión agresiva innata sin un mecanismo adecuado de descarga y, b) la capacidad cada vez mayor de destrucción, sin haber desarrollado ninguna aptitud psíquica para inhibirla. Lorenz apuntó que la humanidad está amenazada por las modificaciones hechas en el planeta, a una cadencia que excluye la posibilidad de sincronía con la evolución biológica de la especie. Esta falta de sincronización es lo que ha generado las violencias.

De los factores que convierten la agresividad en violencia se han explicado por la determinación biológica o genética y por el ambientalismo, que defiende el origen cultural de la violencia. Para José Sanmartín la violencia es la agresividad fuera de control, y en su libro El Laberinto de la violencia apunta una tercera posición: la interaccionista, según la cual, ni todo es ambiente, ni todo es genético. La violencia en su origen es una alteración de la agresividad natural producida por la acción de factores tanto biológicos como ambientales. De igual manera, Antonio R. Damasio sostiene en El error de Descartes que la violencia es producto de la interacción de mecanismos de supervivencia biológica y de las estrategias aprendidas en la toma de decisiones sobre la calidad de la supervivencia.

Raymond Dart en La transición depredadora desde el mono al hombre argumentó que nuestros ancestros animales eran caníbales, carnívoros y depredadores.

 

“La historia humana está salpicada de sangre y entrañas destrozadas desde los egipcios y sumerios más antiguos hasta las atrocidades recientes…coinciden el universal canibalismo primitivo, con las prácticas de sacrificios animales y humanos, o equivalentes formalizadas…en proclamar esa pasión sanguinaria, ese hábito depredador que separa al hombre de sus antropoides afines y lo alía más bien con los más letales carnívoros”.

 

Cuando Lorenz, Ardrey, Damasio y otros afirman que en todo hombre existe el instinto de matar a otros hombres y este se encuentra encerrado en sus genes, del mismo modo que el color de su cabello, nos están contando con palabras diferentes un viejo relato religioso. Luego Holding, Burgess, Kubrick, Peckinpah y Tarantino nos muestran sádicos, brutales asesinatos y salvajes criminales sumándose así a la larga lista de narradores que se remontan a los comienzos de la civilización, cuando los miembros elocuentes del grupo los entretenían con leyendas sobre la debilidad y la maldad humana.

Esta idea donde el humano es la última palabra de la naturaleza, en cuanto a depredadores, sostiene que emergió del antropoide por una sola razón: porque era un asesino. Somos asesinos en potencia por herencia de nuestros ancestros animales. Es parte de nuestra identidad. Y Freud, en su instinto de muerte, contribuyó al escribir:

 

“Los hombres no son criaturas dulces y amables que aman...como parte de su dotación instintiva, hay que reconocer una fuerte dosis de deseo de agresión... Esta crueldad agresiva permanece a la espera de una provocación o emerge al servicio de algún propósito. En circunstancias que lo favorecen cuando dejan de operar las fuerzas de la mente que habitualmente lo inhiben, se manifiesta espontáneamente y revela a los hombres como bestias para quienes es ajeno el pensamiento de preservar siquiera a su propia especie”.

 

Solo se puede evitar el suicidio desviando la agresividad hacia los demás.

En teoría, era posible que examinando la fisiología de los animales pudiera revelarse un camino instintivo, nacido del sistema nervioso o glandular que exigiera la agresión o la hostilidad como salida natural. En esta búsqueda unas investigaciones se centraron en el elevado nivel de kryptopirrol en las vías urinarias, asociada al desorden de personalidad antisocial, causa un asesino en potencia. Otras indagaciones apuntaron a la testosterona y a la serotonina encontrando que a menor neurotrasmisión de esta última se incrementa la agresión –a los pacientes depresivos con tendencias suicidas se les suministra esta sustancia.

 

Una visión genética de la violencia

 

En 1965 se anuncia la anomalía cromosomática XYY como el síndrome de la violencia. Hay veces en que los cromosomas al dividirse no pasan cada uno a polos opuestos y a células separadas, sino que permanecen juntos, con lo cual ambos pasan a una misma célula. Cuando un espermatozoide que transporta un cromosoma YY no escindido fertiliza un óvulo normal con un único cromosoma X, el resultado es un cigoto XYY, a partir del cual se desarrolla un varón que lleva en todas las células del cuerpo un cromosoma Y extra. Las investigaciones llevadas a cabo en prisiones revelaron que el 3,5% de los prisioneros por crímenes de violencia eran XYY. Pronto la anomalía comenzó a citarse como condición genética manifiesta de un grupo de rasgos específicos y, al cromosoma Y extra se le consideró la causa de la violencia por la cual fueron encarcelados dichos hombres, a pesar de la pobre evidencia. Ahora sabemos que esta condición constituye una de las formas más comunes de anomalías cromosomáticas. Es muy difícil aceptar que no existan mujeres violentas por lo que resulta claro que el cromosoma Y extra no es un cromosoma violento.

 

 Analizando el cerebro

 

La idea más explorada para encontrar el origen de la violencia natural en los seres humanos se centra en que existen áreas en el cerebro que al ser estimuladas dan lugar a una conducta violenta o agresiva con independencia de la situación, contexto o experiencia; y esas áreas del cerebro constituyen las bases neurales de la violencia o asociadas con la conducta agresiva.

Arthur Koestler, en El fantasma en la máquina concluye que nuestra esquizo–fisiología (proviene del funcionamiento disonante del cerebro filogenéticamente viejo y del nuevo córtex) representa un “error” evolutivo acaecido a nuestra especie y sugiere que tal explicación “suministraría una base fisiológica para la vena paranoica que corre a lo largo de la historia humana e indicaría la dirección para buscar una cura”. Argumenta que las dos partes más arcaicas del cerebro humano, el viejo cerebro mamífero y el reptiliano, son bastante similares a las de los animales; por lo tanto, es permisible aplicar las observaciones de conducta hechas en animales a los asuntos humanos. Vernon H. Mark y Frank R. Ervin en su libro El cerebro y la violencia opinan que en base a observaciones conductuales podría inferirse que el cerebro reptiliano “programa” cierta conducta estereotipada con arreglos a instrucciones basadas en el aprendizaje y recuerdos ancestrales; al parecer juega un papel primordial en funciones instintivamente determinadas, como establecer territorio, encontrar refugio, cazar, alojarse, cortejar, copular, formar jerarquías sociales, seleccionar líderes y cosas semejantes. El problema es controlar la intolerancia reptil del hombre y su lucha reptilinia territorial.

La parte del cerebro asociada con la agresión se denomina límbico. Esta parte llamada también “cerebro visceral” se considera estructuralmente primitiva en comparación con el estrato denso de células conocido como materia gris, el neocórtex. El sistema límbico que rodea el tronco cerebral cuya parte antero–inferior es conocida como la amígdala, situada en cada lóbulo temporal y ha sido fuertemente identificada con la conducta agresiva, aunque se discute la existencia misma del sistema límbico. Sin embargo, las observaciones conductuales de los etólogos no apoyan tales inferencias, ni la existencia de recuerdos ancestrales. Las ideas de este tipo, incluidos los recuerdos raciales o los arquetipos del psicoanalista Carl G. Jung, han sido desacreditadas entre los científicos. No existe ninguna prueba experimental, ni de otro tipo, en el sentido de que el llamado cerebro reptiliano determine instintivamente las funciones que se le atribuyen. Del hecho de que haya estructuras cerebrales semejantes en los reptiles y en los humanos no indica que operen del mismo modo y sirvan a funciones similares. El cerebro nuevo no está afiliado al cerebro viejo, sino que interacciona con él e influye en el modo en que funcionan las estructuras subcorticales. Lo que el llamado cerebro reptiliano o el antiguo cerebro de los mamíferos hagan está bajo el escrutinio y el control del nuevo cerebro, el córtex.

En cuanto al funcionamiento del cerebro, los hallazgos experimentales muestran que ciertas partes suelen intervenir en la licitación y control de la conducta agresiva, pero esto no significa que muchas otras partes del cerebro, sin conexión alguna con la conducta agresiva, no intervengan también. El cerebro no actúa por segmentos sino como un todo. Si esto es claro para los animales, lo es aún más para los seres humanos, especialmente porque en ellos no existen pruebas convincentes de ninguna disposición neural que determine actos motrices fijos (instintos) de agresión.

Lo que la neurofisiología ha podido localizar en el cerebro es la ira; sin embargo ésta no es sinónimo de agresividad, aunque puede ser el motivo de ella, pero debe atribuirse, en la mayoría de los casos, al esquema conceptual en el que se insertan los hechos. Naturalmente, la cólera se desencadena por un estímulo externo pero no lo hace bajo todas las circunstancias por estímulos del mismo peso, y por ello los llamados estímulos internos, según de qué procesos cerebrales o endocrinológicos se trate, no pueden desatenderse totalmente en el análisis de la ira.

Por experimentos realizados con animales parece que esa pequeña zona en la base del cerebro origina la ira, de la cual parten los impulsos nerviosos que causan el aumento de la presión arterial, de la circulación sanguínea periférica y del nivel de glucosa en la sangre. El ritmo de la respiración se acelera, los músculos del tronco y las extremidades se contraen tensamente volviéndose más resistentes. La sangre se retira de los órganos internos, cesa la digestión y los movimientos del intestino, aunque el flujo de ácido y de jugos gástricos tienden a aumentar. Mientras dura la ira se produce una disminución de la percepción sensorial; así que cuando alguien está luchando, puede resistir lesiones muy dolorosas sin ser conscientes de ellas.

Todos sabemos que cuando la ira se desata tarda en llegar la calma. No se conoce plenamente el modo en que el hipotálamo y la corteza cerebral continúan en interacción, mientras la respuesta inmediata a la amenaza se prolonga. Lo descubierto es que el cuerpo contiene un sistema físico–químico coordinado subordinado a las emociones y acciones que llamamos agresivas y que puede ser puesto en acción fácilmente por el estímulo de la amenaza. Cuando se extirpa una gran parte del hipotálamo se requiere un estímulo intenso para producir una respuesta agresiva. A su vez, en circunstancias normales la corteza cerebral ejerce influencia inhibitoria sobre la actividad del hipotálamo al filtrar estímulos sin importancia. Desgraciadamente la cirugía puede producir daños en el sistema nervioso que distorsionan permanentemente la respuesta normal.

Las excitaciones nerviosas originales, nacidas de las partes más primitivas del cerebro, son modificadas, inhibidas y reguladas por aquellas partes del sistema nervioso que se desarrollaron más tarde en la historia filogenética. Este progreso evolutivo, sostienen, está marcado por un aumento del tamaño y la complejidad del cerebro, que proporciona un equilibrio intrincado y delicado entre la excitación y la inhibición, un equilibrio que cuando se desorganiza puede liberar en el organismo acciones agresivas y violentas.

 

 

El hombre: león y cordero

 

R. Delgado demostró que la estimulación en los monos, durante cinco segundos, de un punto del núcleo rojo produce ciertas secuencias de conducta, una de las cuales es la ira; mientras que una estimulación semejante en el hombre no origina ninguna secuencia, lo cual prueba la reducción de las pautas estereotipadas. D.H. Funkenstein y sus colegas experimentaron en aspectos de la fisiología del miedo y de la ira, aunque diferenciados por la persona que los experimenta, no se distinguen fácilmente sobre bases puramente fisiológicas. Sus primeras observaciones tienden a demostrar la hipótesis de que el hombre tiene dentro al león y al cordero. La situación permisiva relaja las inhibiciones y la ejecución de actos hostiles refuerza hábitos agresivos. Las principales emociones que parece mostrar un animal son el miedo y la ira, pero el humano puede vivir la ira dirigida a objetos fuera de él y contra él mismo, como depresión o autocrítica.

Schneir señala que en organismos considerados más bajos, en sentido psicológico, la estructura orgánica suele poseer una eficacia directamente determinante para su conducta; en los organismos superiores hay que tener en cuenta pautas de conducta correspondientes a distintos estadios de desarrollo y no es correcta la práctica de extrapolar resultados de estudios en sistemas neurales de nivel inferior. Plotnik apunta que si bien parecen existir circuitos neurales para la depredación en animales, no considera esta conducta como agresión, en el sentido habitual del término, y es equivocado deducir que hay circuitos neurales innatos para la agresión de un proceso de caza. El elemento esencial en el desarrollo de la agresión, sostiene Rodríguez, es la recepción y el procesamiento personal de la información ambiental mediante diversos mecanismos del cerebro. Aunque acepta que la actividad violenta o agresividad tienen conexión con la ira, esta se activa por la información procesada. Lo que hay que investigar no es la salida agresiva del cerebro ni las áreas específicas asociadas con la agresión, sino más bien los efectos interactivos de las entradas ambientales hacia el cerebro, que sirven para organizar y activar esas áreas capaces de dispararse a la más leve provocación. Rodríguez Delgado rechaza la idea de la inmutabilidad de los valores y la determinación fatalista del destino suscrita por los agresivos innatos. Escribe: “Los sistemas ideológicos y la reactividad conductual son sólo creaciones humanas relativas que pueden ser mejoradas y modificadas por la realimentación de la razón.... El odio y la destrucción no son propiedades funcionales del cerebro, sino elementos introducidos a través de inputs sensoriales; no se originan dentro de la persona, sino en el medio”. Decir que el individuo está genéticamente programado o cableado para la conducta agresiva con independencia de su propia experiencia es simplificar en exceso.

Padres que consideran a los golpes como un medio de educación, les pegan a sus hijos sin pasión y sin ira. No negamos la importancia de la ira en el desencadenamiento de ciertas formas de conducta que han de juzgarse agresivas, pero no existe ninguna correlación necesaria y universal entre ira y acción agresiva: la ira no motiva incondicionalmente la acción agresiva y ésta no tiene incondicionalmente la ira como motivo.

Quedan los asuntos del instinto, la psico–sociología y lo cultural de la agresión y la violencia, que están desarrolladas para publicarse en la serie cuadernos de El Colegio de Sinaloa.


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