12 de febrero de 2026.
Con el objetivo de propiciar una cultura de aprecio por la ciencia y apoyar a los jóvenes a tomar decisiones sobre su elección de carrera profesional, El Colegio de Sinaloa invitó al Dr. Jaime Gómez Gutiérrez —destacado investigador del Departamento de Plancton y Ecología Marina del CICIMAR-IPN— para impartir la conferencia: De chilangolandia al fondo del mar, celebrada el miércoles 11 de febrero del año en curso, en el CETMAR 013, en Topolobampo, municipio de Ahome.
En la actividad se contó con la presencia de Carlos Alberto López, director del CETMAR- Topolobampo, quien dio unas palabas de bienvenida; así como el Dr. José Enrique Villa Rivera, miembro de El Colegio de Sinaloa y coordinador del programa Con C de Ciencia, quien explicó los objetivos de este proyecto.
La historia del Dr. Jaime Gómez Gutiérrez demuestra que la vida no suele desplegarse con facilidad; sin embargo, cuando la pasión orienta el esfuerzo cotidiano, el carácter se forja y se abren rutas que conducen tanto a los abismos más profundos del océano como a las islas más remotas del país. Con esta convicción el científico inició su conferencia: “No sé si tenga éxito, pero de lo que sí estoy seguro es que a lo largo de mi carrera tuve héroes e interactué con personas exitosas. A veces uno se pregunta qué será en el futuro, y eso pesa demasiado. Lo que quiero decirles es que no están solos; el éxito es fruto de la cooperación. El reto es elegir con quién quieren estar”.
Relató que en su infancia sus primeros héroes fueron Jacques-Yves Cousteau y Ramón Bravo Prieto. Del explorador francés, inventor del regulador de buceo y creador de El mundo submarino de Cousteau, heredó la fascinación por la exploración científica. De Bravo, biólogo y conductor de Mundo Submarino, admiró la audacia: fue quien demostró que los tiburones duermen y el primero en adentrarse en el mar con orcas sin jaulas. “Gracias a Ramón Bravo ya no me da miedo nadar con orcas”, comentó con humor.
A los trece años enfrentó la pérdida de su padre, experiencia que lo dejó devastado y vulnerable. No obstante, la solidaridad de los amigos paternos permitió que su madre sostuviera a sus cuatro hijos, pues le ayudaron a conseguir empleo. Su adolescencia estuvo marcada por tropiezos y malas compañías; sin embargo, a los diecisiete años un amigo le propuso mudarse a La Paz. Jaime escribió una carta a su madre y, en silencio, partió hacia Baja California Sur en busca de una vida distinta. Allí intentó revalidar sus estudios, pero sus bajas calificaciones se lo impidieron y tuvo que repetir cursos. Lo anterior fue el punto de inflexión, mejoró su desempeño académico, obtuvo una beca con apoyo de su madre y regresó a La Paz, donde permaneció diez años más, acogido por una familia que tiempo después se convertiría también en su familia política.
Jaime Gómez comentó que dos profesores marcaron decisivamente su formación: la bióloga Olga Freda Cota Gándara lo sentaba al frente del aula y le obsequió Soles en explosión, de Isaac Asimov, lectura que le abrió la conciencia a la inmensidad del universo. El profesor Bernardino A. Caballero Rivera lo envió a un curso con la bióloga Cruz del Carmen sobre huevos y larvas de peces. Aquella oportunidad transformó su vida, ya que gracias a eso comenzó a trabajar como técnico separando huevos y larvas, y más adelante participó en 39 cruceros oceanográficos, el primero de ellos en el buque naval G11 Ignacio de la Llave, veterano de la Segunda Guerra Mundial.
En su exposición y apoyado con numerosas imágenes, el Dr. Gómez Gutiérrez explicó que en el plancton encontró un universo invisible. En cada bocanada de agua marina habitan millones de organismos; el fitoplancton produce alrededor del 50% del oxígeno que respiramos y sostiene la red trófica al transformar la energía solar en vida. En el zooplancton —y particularmente en los crustáceos— halló su vocación. Su tesis abordó la fase larvaria planctónica de la langostilla, organismos que nadan incesantemente para no sucumbir a la gravedad, adaptados con extremidades planas que les permiten flotar. Más tarde, durante la maestría, se enamoró científicamente del krill del género Nyctiphanes. Existen apenas 86 especies en el mundo, pero su relevancia ecológica es inmensa, viven en enjambres, se comunican y se desplazan en conjunto; de ellos dependen las ballenas. En esa biología colectiva encontró también una metáfora vital: nadie prospera en soledad.
El camino académico no estuvo exento de obstáculos. Tardó seis años en ingresar al doctorado debido a su dificultad con el inglés; reprobó varias veces el examen por escasos puntos. “Para tener éxito hay que fallar”, afirmó. Finalmente, fue aceptado en Oregon State University; sus publicaciones previas respaldaron su ingreso. De su tesis doctoral surgieron diez capítulos, uno de ellos publicado en Science. Incluso relató cómo ciertos procesos parasitarios del krill le recuerdan a escenas de la ciencia ficción: lo que parece fantasía cinematográfica existe en el microcosmos marino.
Actualmente, trabaja en Cabo Pulmo, proyecto emblemático de conservación que demostró que una década de protección efectiva puede restaurar un ecosistema. Más de la mitad de las especies del Golfo de California habitan allí. Desde los dos mil metros de altitud de la Ciudad de México hasta dos mil metros bajo el mar, su trayectoria representa un logro personal y científico. “No sé si he tenido éxito —concluyó—, pero he trabajado con personas que sí. Se necesita pasión, sin importar el oficio. Trabajen, enfóquense, asóciense, persistan. No están solos, mejoren, sirvan y persistan. Nadie es una isla. No puede haber una vida fácil sin esfuerzo ni carácter”.
La historia del Dr. Jaime Gómez Gutiérrez, como el krill en enjambre, confirma que el éxito es un trayecto compartido.



