14 de noviembre de 2025.
“La idea de narrar Chernóbil como un diario surgió por sugerencia de mi esposo, quien sabe que soy escritora de diarios, compulsiva, y es un medio que me ayuda a reflexionar”, así inició la presentación de la escritora Iliana Olmedo, como parte de las actividades en la Feria Internacional del Libro Culiacán 2025, acompañada en los comentarios por la Mtra. Trinidad Guerrero, directora editorial de El Colegio de Sinaloa, en el vestíbulo de este organismo, el pasado viernes 14 de noviembre del año en curso.
La escritora añadió que le pareció una gran idea porque, de hecho: “la memoria no es lineal, sino que está estructurada por retazos y por eso decidí organizarla en momentos discontinuos y fuera el lector el encargado de terminarla”, señaló sobre el proceso creativo de Chernóbil.
La autora relató el origen de la novela con gran precisión de un largo camino creativo. “Comencé a gestar este proyecto en 2006, cuando aún vivía en Barcelona. Ese año se conmemoraban dos décadas del accidente del reactor, y la televisión emitía una serie de documentales porque, pese a todo, seguía siendo un tema poco conocido. La necesidad de entender qué había ocurrido aquella noche —el resplandor, la radiación, el desconcierto— empezó a obsesionarme. Más tarde leí No será la tierra, de Jorge Volpi, que también inicia con el suceso; pero al terminarlo comprendí que mi novela no podía situarse en Ucrania: me era un territorio emocional demasiado lejano. En 2010 recibí una beca de Jóvenes Creadores para desarrollar el proyecto junto con Verónica Murguía, quien fue mi asesora, y juntas trabajamos la pregunta de cómo la radiación afecta incluso a la distancia. Más tarde, al vivir en Guerrero, me enfrenté a una realidad marcada por la violencia cotidiana y la desaparición forzada. Entonces decidí desplazar la historia y encarnarla en suelo mexicano.”
La novela se convierte así en un viaje por la memoria, los silencios familiares y la erosión del tiempo. La explosión del cuarto reactor de Chernóbil actúa como una metáfora de la toxicidad que los acontecimientos externos pueden corromper en cualquier núcleo familiar. Ese es el trasfondo de la historia de Daniela Arenas, fotógrafa de aves que regresa a la casa de su infancia tras el suicidio de su hermana Paula, y se ve forzada a reconstruir —y a veces desmontar— las narrativas que el pasado erige para permitirnos sobrevivir y, en última instancia, perdonar.
Iliana compartió un recuerdo especialmente entrañable, una lectora le confesó que lo que más le había conmovido de la novela era que, pese a todo, había esperanza. La autora, profundamente emocionada, explicó: “eso es lo que quería dejarle al lector: que, aunque esta familia atraviesa horrores, y aunque la vida esté llena de zonas oscuras —porque esa es la verdad—, al final hay esperanza. Hay perdón. Podemos seguir. Por eso la frase de la novela dice: ‘el perdón está en el presente; en el futuro no hay perdón’. Es eso, al final, siempre hay luz.”
Chernóbil es, en suma, una educación sentimental, una novela sobre el ocaso de la era soviética, sobre la lenta pero persistente devastación de México y, sobre todo, sobre las formas en que narramos el lugar que ocupamos en el mundo.



